Primera hora en el andén vacío
Es una de esas mañanas tempranas donde el frío se alía con el viento para recorrer y helar los andenes, de modo que no quede más remedio que esperar al tren de pie para no morir congelado en los bancos vestidos de piedra mojada. No percibo a nadie a mi alrededor, aunque en varias ocasiones me giré por el ruido que creí entender y que terminó siendo de hojas movidas y arrastradas por el suelo.
No es de extrañar que esté aquí sólo. Empezar a escribir, sin conocer el trayecto de los trenes o sus horarios, sin conocer siquiera si existen los trenes. Estoy aquí y es lo importante, para mí y para nadie más, pues nadie sabe de esta aventura. "Anotar lo que uno siente es bueno, debería probarlo", y así les hice caso, aunque admito que tardé en ponerme los zapatos, pues siempre creí que el frío sería mortal en mi primera salida. Sin embargo, confieso que tengo ahora algunas expectativas puestas en este experimento. Diviso el horizonte e imagino de qué escribiré cada día en este andén mientras mi cuerpo espera inmóvil y mi mente divaga. Lo bueno de ser invisible es precisamente la irrelevancia, que bien podría ser demoledor en manos de quien no acepta la soledad, pero por estos páramos el silencio impone su calma para merced de algunos como yo.
Hablaré de mí, porque así me han dicho que lo haga. Hablaré de mis preocupaciones, de mis pensamientos, de lo primero que se me venga a la cabeza, porque así esperan que me deslengüe. Se supone que es terapéutico, que ayuda a conocerse mejor y que escribir me hará volar o, al menos, recomponer algo que está dentro de mí y que nadie sabe bien definir.
"Tener un diario es tener un tesoro, donde te das la oportunidad de conocer a alguien que normalmente escondes". No lo pongo en duda, a la vista pública guardamos la compostura que creemos correcta, la que nos han enseñado en la bondad, y mucho más en la maldad, porque de la vida se dice que es dura, que un tal señor aprieta pero no ahoga, que uno aprende de las caídas y los golpes. Cuando la negrura es voluminosa, cuando nuestros trajes están tan llenos de hollín, sólo vemos cómo las personas, sus almas, se corrompen. No obstante, aquí en la soledad de este andén invisible hay luz y, por naturaleza, soy optimista, porque si hace frío quiere decir que no estoy pasando calor, y si estoy de pie inmóvil quiere decir que no estoy en el suelo. En cierta forma, estar en este andén, además de ser un blog que nadie leerá, también puede indicar un poco mi vida. En algún momento, tuve que correr del mundo a un lugar más solitario donde pudiera ser yo mismo. Cuando salía del andén me ponía una máscara de titanio, que pudiera aguantar las embestidas de personas malintencionadas, de intereses, de odios y de dolores, donde la gente que los padece tenía siempre la voluntad de clavarte un poco de su desdicha. No me malinterpretes, no estoy sufriendo una depresión profunda, pero sí una desilusión infinita hacia la sociedad. Eso no quita que en mi entorno tenga personas cercanas que espantan los fantasmas con sus faros de luz.
No sé de qué forma seguiré mi escritura, si allanaré mis palabras, si descubriré este lugar, si aparecerá alguien en el andén. Me gustaría hablar de música, de gustos, de comida, de fantasías y de cualquier otra cosa que se me ocurra. Son así las directrices que me han dado. Fin de la primera entrada.
(1).png)
Comentarios
Publicar un comentario