Qué difícil es tener amigos

    Viajo siempre con una mochila a la espalda, al menos desde que tengo uso de razón. Voy amontonando un poco de todo en ella. Al principio decidía qué merecía la pena guardar y, lo más importante, no me costaba casi nada tener que desprenderme de alguna cosa. En teoría una mochila es útil para viajar, pero si pesa tanto como la mía, créeme, mantener el equilibrio se convierte en un desafío. Es por una de estas razones por las que estoy en este andén remoto sin moverme, tan estático que una planta trepadora podría escalarme y conseguir confundirme con el verdor salvaje que salpica el lugar.

     La mochila se ha ido llenando por culpa de otras mochilas pertenecientes a otras personas, seres errantes que portaban esa inmensa carga y que a toda costa querían desprenderse de algo de peso a mi costa. Así es cómo actúa la gente, van cargándose de frustración, de rencor y de decepciones. Dejen de darme trastos inservibles, tan pronto como me meten en la mochila alguno de esos cachivaches, ellos vuelven a recoger otros tantos. Cuando te pones a hacer orden, es tal es desastre que llegar a las capas inferiores es prácticamente imposible. Lo peor es que lo que está enterrado pertenece a mi niñez. Todo lo que guardaba en aquella época eran cosas fascinantes y apasionantes. Recuerdo cuando guardé una brújula porque quería visitar montones de lugares distintos, cuando guardé los primeros versos de una canción que inventé, o cuando grabé a fuego un nuevo modo de atarme los cordones que me haría ser de los mejores deportistas del mundo. ¿Cómo llegar hasta allí? Sólo queda hacer orden y creo que este diario me ayudará. En las primeras capas de la mochila sólo diviso chatarra que he ido recogiendo y, tristemente para mí, nada de lo contenido guarda relación con lo que realmente me hace disfrutar. Entre ese montón de hojalata destartalada, encuentro preocupaciones laborales, hipotecas, contratos, imprevistos de coche y casa, problemas de ruido y distancia con mi familia, entre otros. Hago mea culpa en esta parte del peso, pero sin embargo existe otro montón, no menos desdeñable, que me han ido metiendo cuando me encontraba despistado. La hostilidad, el desinterés, el desánimo, el poco humor, la frustración, el vacío en las miradas cada vez más numerosas, la falta de respeto y el estado pusilánime por no alcanzar lo que esperan los demás, todo ello campa a sus anchas en la sociedad actual. Qué difícil me resulta encontrar personas con la mente sana, qué difícil me resulta encontrar amigos. Antes, en nuestra infancia, nuestras mochilas se llenaban de sueños, de sonrisa, de perdón sincero, pero llegados a un punto las responsabilidades, la presión y lo que a uno le hacen creer que es lo importante lo emborronan todo. En una época como la que tenemos hoy día, con las redes sociales más antisociales y falsas que existen, con un sedentarismo absoluto y con un humor reconcomido por la mala uva que ha tenido la vida, resulta todo un reto conocer a algún explorador que tenga acceso a cosas apasionantes de su mochila y no a meros problemas y quejas. 

    Sin pasión no hay vida amigos míos. Mi pasión por el deporte, la lectura, los videojuegos, la paleontología, el karaoke, el humor y el mar, son algunas que he podido rescatar, aunque quizás me sigue faltando la manera que tenía de desvivirme por ellas, así cómo hoy me desvivo amargamente por solventar problemas que no me llenan, los cuales siempre tengo en mente.

     

    La mochila cae a plomo sobre el suelo después de que la haya dejado deslizarse de mis hombros. Estoy dispuesto a abrirla, ordenarla y tirar todo lo que sólo me aporta peso. Le compraré algún tipo de dispositivo que me pida confirmación antes de almacenar algo, así evitaré que inconscientemente meta algo sin querer o que algún desaprensivo quiera forzarla. Supongo que a todo ello lo llaman el control de las emociones. Así que sí, seguiré en busca de la amistad, de la sana, de la que no está corroída. ¿Cuántos adenes remotos y vacíos pueden haber por esta zona? 

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