El castigo del turismo
Qué triste es caminar por un pueblo sin alma, sin identidad y sin sentido. El buen tiempo, que dicen un privilegio, ha sido el castigo de los que obligados toman las maletas resignados, echados sin miramientos a sitios de interior menos atractivos. Hay otros que ponen su bravura por delante, porque es su tierra, pero es cuestión de tiempo que al mirar a izquierda y derecha no reconozcan nada que les pertenezca ya. Así de triste venden la memoria de sus gentes al primer extranjero con buena billetera. Lugares que albergaban matrimonios con hijos, con vida, se ahogan en el silencio de casas vacías vacacionales o, en el mejor de los casos, de jubilados sin necesidad de hablar más que en su idioma. Sociedades paralelas y crecientes, interesantes para gobernantes sin pundonor, que obligan a la servidumbre a todos los que ya estaban. Y acallan estos últimos, y muerden el fracaso, y ellos mismos se han maniatado porque es más cómodo que subir el tono y que te señalen de dis...