Prezo, el pueblo sin cortinas
El ritmo de pedaleo era suave pero continuo, haciendo girar el plato más grande de la bicicleta. Luego, el movimiento viajaba a través de la cadena, y finalmente movía las ruedas del vehículo en cada golpe de ilusión que marcaban mis pies, como si la fuerza de mis latidos se transmitiese a toda la estructura de hierro. Me encontraba lejos de mi destino, portando únicamente una mochila al hombro que contenía algo de ropa y dinero. El día era placentero, con un moteado de nubes blancas que a su paso vestían de sombra el camino, algo que se agradecía.
Un cártel me hizo accionar rápidamente las manillas del freno, produciendo un sonoro chirrido de llantas y el levantamiento de arena, pues el camino no contaba con asfalto. Puse un pie sobre la tierra y bajé de la bicicleta, dejando ésta recostada sobre una piedra de grandes dimensiones al costado del camino. Me aproximé al panel de manera cautelosa, el cual tenía ya un mejunje de plantas y hierbas que lo cubría hasta la mitad. Tallado con algún utensilio cortante se hallaba el nombre del pueblo. La palabra Prezo se averiguaba en aquel panel. Al horizonte, se divisaba un entramado de casas rústicas con cierto desorden campestre, donde a la entrada te recibían multitud de flores salpicadas de todos los colores posibles. Era pues un buen lugar en el que cobijarse en el día de hoy y restablecer fuerzas. Me dirigí a pie hacia allí y penetré por aquellas callejuelas de piedra llenas de ángulos escurridizos. Se respiraba un aire distinto, menos denso.
Me dijeron que podía dejar mi bicicleta en un almacén, justo detrás de la posada en la que dormiría. Me animaron a disfrutar del lugar, a conversar con la gente y a olvidarlo todo: bueno o malo, bonito o feo, importante o insignificante. Sólo se mostraron muy insistentes con la única regla que tenía el pueblo: no tener cortinas en las ventanas ni obstaculizar su visión con cualquier otro objeto translúcido u opaco. Extraño. Raro como regla. Raro cómo la noticia había impactado en mí, con una mezcla de curiosidad y pavor. Perder mi intimidad, ¿Cómo es eso posible? ¿Quién diablos estaría de acuerdo en una regla así?
El día transcurrió plácidamente. Di un paseo de media hora y utilicé el resto del tiempo para descansar escuchando historias de pasillo en la taberna que tenía anexa el establecimiento. Cuando llegó la noche, me enseñaron mi habitación, que se encontraba en el primer piso, donde los cuadros desajustados y el papel roído de la pared confesaban más de cincuenta años de visitantes. Lo que más me llamó la atención no fue la moqueta granate, que en su día tuvo que ser roja, sino que las habitaciones carecían de puertas. Al preguntar el porqué, supe que la intimidad no es algo que se aprecie en este sitio. Mi preocupación crecía cada vez más, ya que me estaba viendo envuelto en una especie de experimento. Nadie podía asegurarme que algún individuo entrase esa noche y robara mis pertenencias, o peor aún, que me agrediese o matase. Parecía una cuestión de dejar todo en manos del destino, de las almas que allí se encontraban, de la voluntad de otro. Al entrar directamente al salón, comprobé que los ventanales no tenían cortinas, tal y como me explicaron. De hecho podía ver, sin acercarme demasiado, qué estaban haciendo las personas que vivían al frente, las que vivían a la izquierda y al lado opuesto. Había perdido desde hacía mucho rato la cuenta de cuánto tiempo llevaba frunciendo el ceño, extrañado, callado en la poca sombra que me ofrecía aquella habitación; las luces de las farolas iluminaban casi por completo todos los rincones y no tenía duda que había voluntad manifiesta en que así fuese. Así, todo el mundo puede verme, en cualquier acción que haga, sin ningún secreto.
Recorrí la mirada en muchas direcciones. Vi gente que dormía con aquella luz tenue pero reveladora, vi desnudos, cenas de familia y personas que se movían de una estancia a otra. Todo expuesto a cualquier ojo que quiera alimentar el morbo. Las escenas eran muy cotidianas, con una naturalidad que me impactaba. Sin embargo, no sentí que nadie me miraba especialmente a mí. Me sentí como si fuese de un mundo aparte, un fantasma errante al que nadie puede ver, oír ni tocar. Supe con esta lógica que probablemente nadie entraría en mi habitación esa noche. Al cabo de unos minutos me olvidé de todo y de todos, como me aconsejaron. Me dejé llevar, pasee por la habitación y dormí sin miedo a los demás.
Mostrarse vulnerable es el mayor acto de heroicidad, de creer que sin cortinas y sin puertas los demás pueden llegar al corazón, aquel que latía atrapado en un armazón de hierro con pedales, pero que siempre necesita de luz.
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