Animales al fin y al cabo
Es complicado llegar a un estado de control sobre los impulsos más animales, tan complicado que es muy improbable que conozcamos más de cinco o diez personas en nuestra vida con esta cualidad. En muchas ocasiones, aunque sepa relativizar y ver más allá que mis instintos primarios, es difícil no responder como un animal a quien se comporta como tal, puesto que su límite no le permite razonar y dialogar. La codicia, el odio, la envidia, el despecho, la falta de empatía, entre muchos otros, absorben la mente y la llevan a una furia de emociones incontroladas, desorbitadas y, en nuestros tiempos, de únicamente querer la destrucción de quien nos hace sentir así o al que creemos mal de nuestros males.
Quien está herido hiere a los demás, es en ese contexto tan poco humano en el que nos hemos encontrado siempre los seres humanos. La empatía es precisamente un bien escaso, casi de dioses. Es fácil conmoverse por quien pide un auxilio sincero, pero qué difícil es conmoverse por quien se comporta como un animal.
La teoría la conozco perfectamente, la práctica es más compleja. Voy a expresar lo que me gustaría ser, porque no quiero llevar una mochila cargada de prejuicios y traumas, porque no quiero ser una arista en este mundo que continúe los bucles de odio. Lo más común es que al hablar con uno de esos animales, uno se enoje y comience ese bucle infinito, donde terminas llevando ese desánimo y exasperación a otros animales y a otras situaciones. Lo que debo hacer es subir unos peldaños más y mirar no a lo que dicen o expresan los animales, sino a qué tipo de dolor le hicieron para proyectar tanta desdicha. En definitiva, no tomarlo en lo personal, aunque en algunos momentos cueste y sea irremediable responder con rotundidad. Practicar la sonrisa a quien no sonríe. Es una tarea ardua la de subir esos peldaños sin dejarse llevar por los impulsos más primates. En mi caso, reconozco que hace años tenía una técnica mucho más pulida, pero de un tiempo a esta parte estoy protegiéndome todo el rato. Protegiéndome de todos esos animales hostiles que lanzan sus tristezas. Evidentemente creo que rodearme de más personas es clave, personas más humanas o bienvenidas conmigo. Hasta ahora mis contactos con el mundo exterior se cuentan por batallas, ya sea contra las administraciones u otros problemas derivados de la vida rutinaria. En esas situaciones la gente que uno encuentra no suele ser positiva y estoy convencido que eso ha hecho mella en mi apertura hacia los demás. He creado un caparazón, me he convertido en alguien fuerte que planta cara a cualquiera que quiera arrebatarme alguno de mis derechos o los derechos de mi familia. Es estar continuamente en guardia y, como bien supones, es realmente agotador. Así que tengo que tener dos objetivos: lanzarme al mundo exterior para conocer amistades que reflejen el lado bueno del ser humano y escalar hasta la cima de la montaña que me permita ver más allá, que me permita incluso sentir lástima sin que me lastime a mí.
Hay muchas frases, muchos libros que detallan todo esto. El que todo no te importe nada, que te resbale o que te reinventes. Tienen en común la respuesta que damos hacia el exterior. Ser felices a pesar del caos que nos rodea. Es complejo y casi temerario pensar que eso pueda funcionar, sin embargo estoy de acuerdo. La coraza que tengo la estoy posicionando mal, de modo que no permito a nadie que me vea como soy y tampoco les dejo acceder. La posición correcta sería la de ser accesible, mostrarme tal cual soy, pero ser consciente de lo que merece la pena que traspase a mis emociones. Ser permeable o impermeable a lo que nos hace mejores. Cuando recibimos hostilidad mantenernos impasibles, abrazando el tono amable, sin inmutarnos, pero siendo tan impermeables a esa hostilidad como una piedra. Si recibimos luz, buenos detalles, entonces debo ser tan permeable como una esponja. También bloquear las puertas negativas, tóxicas, y una vez cerradas dar la espalda y no girarme, porque no sirve de nada, todo ese tiempo que pierdes en ir y volver es tiempo que no uso en abrir otras puertas. Mi mundo, mi mujer y futura hija, seguirá siendo mi punta de lanza, desde la tranquilidad que da alcanzar una altura donde el horizonte aparece. Nada es personal si uno no quiere llevarlo a lo personal, nada existe si uno lo elimina de los pensamientos. Tenemos más control del que pensamos. Nuestro mundo es nuestro y diferente al resto. Lo que aparece en él es importante y por eso debemos ser nosotros quién elijamos qué permanece y qué se va.
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