El silencio de los valientes
El tumulto de personas concentradas en la plaza formaba una maraña de conversaciones inentendibles. Las voces se enredaban y serpenteaban hacia risas caóticas y gritos procedentes de varios puestos ambulantes, que como pasaba todas las mañanas de sábado, competían por atraer a la jauría ruidosa. Algunos preferían acercarse mucho en lugar de alzar la voz; no todo el mundo cuenta con una laringe tan poderosa como para reinar entre la multitud. Otros acompañaban su mensaje con gestos amplios, pero en la mayoría de ocasiones necesitaban repetir más de una y dos veces lo que querían decir, puesto que su interlocutor entendía la mitad y a veces, más bien, creía entenderla. El olor a especias, cuero y calor corporal del gentío se extendía y entrelazaba en un plano diferente, sólo agradable para los habituados a acudir semanalmente al mercado de la plaza. Nadie parecía abrumado o molesto por esta situación. Quizás todo lo contrario, el disfrute y la sensación de compañía era un verdadero placer. En lo que a mí respecta, que únicamente venía a por algo de fruta, esta sobreexcitación descontrolada me tensa más de lo que quisiera, sobre todo porque parece que uno no descansa. Se vive permanentemente en el ruido, allá donde uno vaya y sin importar el lugar que sea.
Me dio tiempo a guardar algunas naranjas, manzanas y uvas cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. Algo que comerciantes y clientes no preveían de ninguna manera; el sol hasta este momento hacía ríos de sudor entre la ropa de cualquier atrevido que saliese de una sombra. Las nubes emborronaron rápidamente el cielo y las tiendas comenzaron a recoger su género. La plaza sufrió tal estampida que quien no corría era porque se había tropezado por el ansía de ponerse a salvo. A salvo de la belleza del agua, de sus charcos transparentes, de su susurro azaroso y relajado, de una transformación de la plaza que te acompaña en soledad. Está cayendo una llovizna suave pero insistente, resulta increíble que algo tan tranquilo y silencioso acalle, como un embrujo, a una barahúnda de voces.
El silencio es reconfortante, si bien incómodo para muchos. Es reparador, es una muestra de respeto. Si entre dos personas no pueden existir silencios agradables, hay un mundo de paz compartida que se están perdiendo.
El silencio es cada vez más apreciado, por su rareza en el mundo. Se encuentra de dos formas: alejándose de la plaza o invocando a la lluvia.
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