El duende verde

    Justo en la puerta de la pequeña tienda de juguetes se encontraba. Caminaba en dirección opuesta a la mía, elegantemente verde. En tal punto de encuentro me miró fijamente; me quedé absorto en el verdor de su traje y sombrero. El sol contorneaba su figura con destellos dorados. A esa edad, apenas ocho años, sólo pude admirar la curiosidad que me producía todo en él durante unos segundos. Consciente de ello, me dirigió finalmente un guiño de ojo y continuó su ruta. Un gesto que lejos de ser meramente casual, adquirió con el tiempo un mensaje mucho más profundo, intrigante y misterioso.

    ¿Quién es ese extraño señor vestido de verde?

     Por alguna razón que desconozco, es una de esas situaciones memorables que uno guarda en su cabeza, aunque no tenga mucho sentido o utilidad. Recuerdo que era un señor mayor, de una estatura media diría y con un aura de épocas pasadas. Quizás un duende, como pensé cuando era niño. Fue pasar por su lado y agachó su cabeza para mantenerme en el poder de su embrujo. Durante ese tiempo fui presa de su mundo, de una algarabía medieval; en un reino de ensoñación que recobró la nitidez con el guiño de su ojo.

    Muchos años después, sentado en la mesa familiar, contábamos historias de corte extraño o de intriga. La ocasión merecía que compartiese mi vivencia, a la cual daba muy poca importancia aún recordándola tanto tiempo.

    ¿Un duende verde dices? preguntó mi madre acorralando mi atención, como si se hubiese prendido un foco teatral sobre su persona. Siempre he tenido en la mente un sueño que tuve cuando era una niña, con muy poca edad. Una especie de duende verde me perseguía por la calle y yo estaba totalmente sola. Elegantemente verde y con sombrero. Corrí desesperada y, al borde de mis fuerzas, volví mi mirada hacia él, el cual, como a ti, dedicó un guiño de ojo. Fue tan siniestro que nunca he podido olvidarlo.

    Verde es su mensaje, verdor es su apariencia, verdad o mentira fue verle. 

    Del color de la esmeralda, ¿realidad o sueño?

 

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